¿Operación lavado de imagen? La UCI sanciona duramente a Armstrong y le despoja de sus siete Tours

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La oleada de consecuencias que está trayendo la investigación de la USADA sobre el ciclista norteamericano Lance Armstrong amenaza con no dejar títere con cabeza dentro del pelotón internacional, pero con un grave perjudicado en definitiva en todo esto que no es otro que el deporte del ciclismo.

La retirada del apoyo de Nike a Armstrong, algo esperado por otra parte por los que ahora mismo critican esta actitud, no ha venido a suponer más que el pistoletazo de salida para la retirada en masa de la mayor parte de firmas y casas comerciales que se encontraban al lado del ciclista norteamericano en un intento último de poder lavar su imagen.

Y en estas estábamos cuando ha salido a la luz el comunicado oficial de la UCI, la Unión Ciclista Internacional, respecto a este caso. Era curioso observar, por otro lado, como el mutismo se autoimponía en los máximos representantes de la UCI, que parecieran expectantes a una posible salida airosa del embrollo en el que la USADA ha metido a muchos actores en esta tragedia griega. Pero, creemos que desgraciadamente, para la UCI no ha sido así. Y no se sabe muy bien si porque no le quedaba más remedio, que quizás, o porque quería lavar su imagen, en un intento quizás en vano de ello, la UCI se ha pronunciado. Y, tal cual viene la corriente ahora mismo, ha golpeado con fuerza al ciclista norteamericano, al que ha desposeído de sus siete Tours de Francia y al que ha sentenciado con frases del estilo “No hay lugar para él en el mundo del ciclismo”. La sanción es tal que podrían incluso hacerle devolver los casi más de 20 millones de euros en premios logrados gracias a esas victorias. Probablemente se lo merezca todo esto.

Pero la cuestión no es esa. La cuestión es, desde el punto de vista del marketing deportivo, por qué. Y es que, en todo este asunto, bien parece que la UCI lo que desea, a parte de un castigo ejemplar, es tratar de salvar la cara y evitar que su imagen pueda verse afectada, lo que supondría un auténtico mazazo a la organización. Pero, indudablemente, por muy dura que sea la sanción que ahora corran a imponerle a Armstrong, existen ciertas preguntas incómodas que sólo por el hecho de poder plantearse desnudan de por sí la actitud de la UCI durante todo este tiempo, con lo que el daño a su imagen de cara a posibles sponsors y patrocinadores puede no resultar muy bien parada.

Durante todo este tiempo, durante el retorno de Lance Armstrong al deporte de élite a través de la participación, más que exitosa, en el Tour de Francia, siempre, absolutamente desde el principio, ha estado sobre él la sombra de la sospecha. Y esa sombra de la sospecha, que muchos se afanaban en denunciar en vano, como quien pregona en el desierto, es la misma sombra que la que ahora se cierne sobre la UCI. ¿Es posible que, durante todo este tiempo, en más de 500 controles, nunca hayan sido capaces de detectar error alguno en los análisis? La UCI argumenta, en su defensa, el famoso argumentario tan conocido de la policía y los ladrones: mientras los ladrones van en coches de última generación de gran potencia y ciclindrada, los policías les persiguen en vehículos casi utilitarios, con lo cual es imposible su detención. Pues extrapolando este argumento a la UCI, ésta se ampara en la misma defensa: los sistemas empleados por Armstrong y su organización eran tan sumamente complejos que eran incapaces de detectarlos.

Pero este argumento de defensa no hace más que denostar, aún más si cabe, la pobre imagen de la UCI en todo este asunto. El querer defenderse amparándose en que no disponían de los medios suficientes como para detectar los sistemas de dopaje de última generación no deja en muy buen lugar a la organización. Y las investigaciones de la USADA no han supuesto más que un jarro de agua fría aún mayor para la UCI que ha quedado en entredicho acerca de por qué dicha investigación no ha partido del propio organismo. Sea como fuera, lo cierto es que la imagen de la UCI está tanto o más dañada que la del propio Armstrong o la de gigantes como Nike, y ya hay sponsors que se plantean si es conveniente seguir al lado de la organización cuando ha quedado en entredicho su fiabilidad en todo este caso.

No hay que olvidar que la UCI cuenta con importantes patrocinios y acuerdos comerciales. Firmas como la compañía tecnológica Mapei, la relojera suiza Tissot, Shimano o Skoda conforman el núcleo duro del patrocinio dentro de la organización. Sin embargo, a buen seguro que la actuación, por omisión, de la UCI en todo este caso, no ha sentado nada bien a unos sponsors que bien se dejan sus buenas cantidades de dinero al cabo del año en apoyar a una organización que ha sido, a lo largo de más de diez años, y de 500 controles realizados, incapaz de detectar lo que estaba pasando o llegar a las conclusiones a las que ha llegado la USADA.

Sobre la UCI, o más bien sobre su imagen, planea ahora la peor de las sombras posibles, la de la duda, la del por qué han sido incapaces de detectarlos ellos o por qué no han podido llevar a cabo una investigación sobre el asunto lo suficientemente seria al respecto. Más le hubiera valido que no sacar ahora un comunicado tan duro vilipendiando al muñeco roto en el que se ha convertido la imagen y figura de Armstrong. Porque lo que esa sombra de la duda deja en su estela es la pregunta de si la UCI no hizo más porque no pudo o bien no lo hizo porque no quiso. Y a preguntas de sus sponsors, seguro que desde la organización responderán lo que han respondido hasta ahora: “el coche de los ladrones corría más que el nuestro”. La cuestión es si estas marcas quieren ir en un coche tan lento.

El tiempo dirá si esta tibia actuación tiene respuesta entre sus sponsors.