Londres 2012: cuando no es oro todo lo que reluce

0

Cuando el Comité Olímpico Internacional selecciona la sede para la celebración de unos Juegos Olímpicos, todo es algarabía y felicidad para el país elegido, la ciudad seleccionada.
Pero tras el subidón inicial, conviene pararse a ver las consecuencias no siempre positivas que la celebración de unos Juegos dejan a la ciudad. Las enormes expectativas de ingresos y beneficios que los miles y miles de visitantes y turistas dejarán en la ciudad no sirven, sin embargo, para convertirse en la cortina de humo necesaria que tape los enormes sacrificios que muchos negocios y empresas han tenido que hacer para que Londres, en este caso, pueda acoger los Juegos. Son lo que el Comité Organizador de turno llama “daños colaterales”.

Cuando el 06 de Julio de 2005, el presidente del Comité Olímpico Internacional Jacques Rogge, anunció que Londres era la elegida como sede para albergar la XXX Olimpiada, un puñado de londinenses vieron como su peor pesadilla se convertía en realidad. Dentro del proyecto presentado y defendido por Londres como sede, estaba la construcción de un velódromo, el centro de telecomunicaciones y el pabellón que albergará las competiciones de balonmano en el Este de Londres. Esta zona estaba “viva” gracias a los cientos de negocios que operaban desde allí: tiendas, talleres, pequeñas franquicias de comida rápida, almacenes… todo un parque empresarial cuyos propietarios vieron, con desilusión, como Londres era la seleccionada para ser sede de los Juegos. Inmediatamente, la London Development Agency puso sobre la mesa unos mil millones de euros para comprar los terrenos y compensar a los dueños de los mismos, que no tuvieron más remedio que ver como los negocios de toda su vida se venían al traste por los Juegos. En muchos casos, las indemnizaciones recibidas no traían con ellas esperanza alguna para abrir el negocio en otro lugar de Londres, puesto que apenas compensaban el coste del mantenimiento de la explotación. En otros muchos, aún cuando sus propietarios hicieron los esfuerzos necesarios para instalarse en otro lugar, la legalidad vigente para esa nueva zona en la que pretendían instalarse impedían la implantación del negocio. Sea como fuere, más de un centenar de negocios se vieron obligados a cerrar.

A la hora de buscar un nuevo acomodo, estos propietarios se encontraron con que en los alrededores de la zona donde habían estado instalados toda su vida, zona en la que tenían el 90% de sus clientes, los alquileres, como consecuencia de la llegada de esas macroinstalaciones deportivas, se dispararon, lo que convirtió en inviable el intento de asentamiento en esa misma área. Los más atrevidos vieron como al poco tiempo no les quedó más remedio que cerrar el negocio ante la imposibilidad de hacer frente a unas rentas desorbitadas. Aquellos otros que no se arriesgaron tanto pero que continuaron con la ilusión de mantener vivo su negocio, en muchos casos heredados de generación en generación, se vieron obligados a trasladar su centro de operaciones a localidades alejadas del núcleo en el que solían desembolverse, normalmente a zonas alejadas de su punto neurálgico casi 60 kilómetros, por lo que, en muchos caso sólo los costes del transporte de la nueva ubicación hasta sus clientes habituales hacían inviable su negocio. En otros muchos, se vieron con la negativa de la legislación local allí donde quisieron establecerse, que impedía el asentamiento de determinadas empresas dedicadas a según qué actividades.

Desde las autoridades británicas tratan de lavar su imagen en este sentido afirmando que han llegado a superar las indemnizaciones que la ley establecía, como modo de compensar por tal desplazamiento de esa zona. Sin embargo, la mayor parte de negocios se ha visto en la obligación de cerrar. Muchos propietarios afirman que con lo recibido dificilmente pueden hacer frente a la puesta en marcha, prácticamente desde cero, del negocio en otro lugar. Otros, resignados, afirman que es algo que se veía venir y que cuanto antes lo asumieran, mejor. Muchos otros esperan, impacientes, a que acabe la vorágine de los Juegos y que el temido “efecto Wimbledon” del que ya hablé aquí (Ver Artículo en MD), y que temen los organizadores, se produzca a modo de venganza por el cierre de sus negocios.

Quizás un ejemplo claro de que no es oro todo lo que reluce.