La decisión de Ecclestone de disputar el GP de Bharein enoja a las escuderías que temen por su imagen

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La arriesgada decisión que el máximo mandatario de la Fórmula Uno tomó la pasada semana de disputar el Gran Premio de Fórmula Uno de Bahrein, con independencia de las revueltas sociales que se puedan estar desencadenando en el país, y en contraposición, al menos de puertas para adentro, de muchos pilotos y escuderías, puede salirle a  la larga, cara a la propia Fórmula Uno.
Y es que probablemente este sea el Gran Premio que más coste vaya a tener para el gran circo de la F1 y no hablo sólo en términos económicos. La imagen de una competición que, amparándose en términos y proclamas como que ‘no se debe mezclar la política y el deporte’, aunque todos saben el transfondo económico que hay detrás de todo esto, hace la vista gorda frente a los graves problemas sociales existentes en Bahrein, con un régimen que axfisia a la sociedad, han dejado a la Fórmula Uno algo tocada en cuanto a su imagen internacional, una imagen que ha mostrado como insensible a los acontecimientos de la población civil, y que, da la sensación, de estar más preocupada por salvaguardar los ingresos que pueda obtener por la celebración del Gran Premio que por cualquier otra cosa. Pero no sólo es el daño en imagen, que es el fundamental, si no además, el propio daño físico de los integrantes del gran circo.

Miércoles 18 de Abril. Cuatro integrantes del equipo Force India vuelven del circuito hasta la ciudad situada a unos 30 kilómetros del mismo. En el camino de regreso, se ven envueltos en una enorme manifestación entre civiles y militares que acaba con un coctel molotov estampado en el propio vehículo en el que conducían. Afortunadamente para ellos todo quedó en un gran susto, pero fue quizás la gota que colmó el vaso de los pilotos y la escudería a la obcecación de Ecclestone de disputar el Gran Premio. Las escuderías son conscientes de que, además de ese daño físico al que están expuestos, el daño a la que están sometiendo a su imagen es incalculable: el Gran Premio de Fórmula 1 ha servido para recordar al mundo que la
revolución sigue viva en esta pequeña isla Estado del Golfo Pérsico, la
‘revolución árabe’ menos mediática y con menos respaldo de Occidente, con una población civil volcada en las calles exponiendo su propia vida para criticar la celebración del Gran Premio, que es visto como un medio más de propaganda del régimen existente para dar una imagen de ‘normalidad’ frente a una poblcación cada vez más exhacerbada y obcecada en obtener reformas democráticas que acaben con el monopolio del poder en manos desde hace dos décadas de una minoría suní.

Human Rights Watch (HRW) aprovechó la cita deportiva para publicar un
informe en el que acusa a las autoridades de «usar la carrera como una
parte de su campaña para limpiar su imagen». Una misión imposible cuando
las redes sociales no paran de ofrecer información de esa realidad que
no ofrecen los medios oficiales, información que denuncia la oleada de
represión y la detención de cientos de opositores en nombre de la
seguridad de una prueba automovilística que el pasado año se tuvo que
suspender debido a los altercados. Internet también pide solidaridad con
Abdulhadi al-Khawaja, el activista de los derechos humanos encarcelado
que lleva setenta días en huelga de hambre. 
Las organizaciones de defensa de los derechos humanos han criticado
duramente a Ecclestone, y a las propias escuderías, por prestarse a participar en la realización de la carrera en plena crisis económica en este reino
donde los chiítas, mayoritarios, se quejan de discriminación por parte
de la dinastía sunnita.

Lo que está claro en todo este asunto es que la imagen de la Fórmula Uno en general, y la de Bernie Ecclestone en particular, ha quedado bastante tocada con la decisión de celebrar este polémico Gran Premio.