Copa vs Copa: cuando el fútbol no aguanta la comparación

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Mañana se celebra uno de los acontecimientos más destacados de la temporada futbolística en España: la esperada Final de la Copa del Rey de fútbol que enfrenta a los dos colosos del fútbol mundial, un ingrediente que le hace tener todo el atractivo del mundo aunque, como muchos dicen, el ingrediente necesario que hace que la Copa de fútbol en España sea atractiva, puesto que muchos ponen en duda la capacidad del torneo para generar ese interés cuando no están presentes ambos contendientes o, al menos, uno de ellos.

Llegados a este punto, es casi de obligado cumplimiento someter a una extensa comparativa, (comparación que los especialistas del sector creen que la versión futbolística de la Copa no puede aguantar) entre los grados de éxito de la Copa del Rey en los dos deportes más seguidos en España: el fútbol y el baloncesto. Pero, ¿qué es lo que hace que la versión en basket de la Copa sea considerada un ejemplo a seguir en la explotación de un producto y la de fútbol sea tenida como un claro ejemplo de todo lo contrario, de incapacidad a la hora de explotar una competición con mucho potencial de una manera exitosa?

El baloncesto es el segundo deporte por antonomasia en España. Pero no por ello se puede considerar que capaz de presentar los vertiginosos números que tiene el fútbol, el deporte rey entre los aficionados españoles. ¿Qué armas entonces han provocado el milagro de tener un producto, la Copa, que cuenta en su explotación casi con más éxito que la competición madre, la propia Liga Endesa?
 Conscientes de esa inferioridad para hacer sombra al fútbol, la ACB supo aprovechar al máximo la Copa del Rey hasta convertirlo en uno de los productos de más éxito comercial dentro del deporte español. Hasta tal punto es considerado así que la repercusión mediática del campeonato lo convierte en el All Star europeo.

La edición 2013 celebrada en Vitoria tuvo un impacto económico para la provincia valorado en más de 20 millones de euros. Más de 500 periodistas acreditados de más de una decena de países, y representantes de más de la mitad de las franquicias de la NBA, además de ojeadores, entrenadores, profesionales y directivos convirtieron a la cita, como cada año, en un auténtico ejemplo de gestión por parte de la ACB. Concentrar la Copa del Rey en una única ciudad en formato de Final a 8, donde los siete mejores equipos de la clasificación hasta el cierre de la primera vuelta se clasifican para el torneo junto con el equipo local, dos hechos cláves para el éxito de este título y que han hecho de éste uno de los formatos deportivos más prestigiosos y rentables del baloncesto español. En esa edición de 2013, el valor mediático a nivel mundial superó los 30 millones de euros. Y cada año que pasa, se incrementan los datos de manera exponencial. A nivel de patrocinadores, el producto es extremadamente atractivo, con la concentración del evento en un fin de semana y en un único lugar, con lo que la exposición y alcance de las marcas asociadas se multiplica de manera asombrosa.

Tal es el nivel de éxito alcanzado, que este torneo ha servido de inspiración a otros campeonatos extranjeros, como la Copa italiana, la Copa portuguesa o la Semaine des As del baloncesto francés. Incluso la propia NBA se ha mostrado en más de una ocasión interesada en ciertos aspectos del torneo con el objetivo de ponerla en práctica en el mejor baloncesto del mundo.

En frente, la misma competición pero en el mundo del fútbol. Un torneo que cada año que pasa prolonga un poquito más su eterna agonía, con partidos a ida y vuelta que restan atractivo a la competición y al aficionado hasta las últimas rondas, cuando ya se decide el título. Qué duda cabe que el éxito de la Copa en baloncesto contrasta y mucho con el extendido desinterés que despierta su homóloga en fútbol.

Pero, ¿cuál es el problema? ¿el modelo de competición? ¿una mala gestión y explotación? ¿una mala campaña de promoción? ¿cuál?

Los factores son varios. Para comenzar, un modelo competitivo nada atractivo para el espectador, con un sistema que favorece exclusivamente los intereses de los grandes
clubes al jugarse a doble partido y, casi siempre, el de vuelta en el
campo del equipo de superior categoría. Aunque habrá defensores de este
sistema, lo que es innegable es el hecho de que con el actual modelo,
las rondas previas a cuartos de final e incluso a semifinales, año tras
año, se hacen anodinas, monótonas y carentes del interés más absoluto. Esto desencadena a su vez otro factor clave: que la afluencia a los estadios resulte insignificante hasta esas fases finales, con recintos semivacíos y donde a los clubes implicados, salvo el caso de modestos equipos que salvan la temporada con la taquilla que hacen con la visita de uno de los grandes, les provoca como decimos un importante trastorno en sus tesorerías al rara vez cubrir los gastos que el encuentro genera.

La confluencia de estos dos factores favorece y motiva la aparición de otro problema: el poco interés que para la televisión despiertan esas rondas previas hasta poco menos que las semifinales y la propia final: ¿qué televisión va a querer transmitir un encuentro de octavos de final entre un primera y un segunda, con el partido de vuelta en casa del primera división?  Y esta carencia de atractivo para la televisión conlleva, inexorablemente asociado, la pérdida de interés para los patrocinadores y sponsors.

Para cerrar el grupo de problemas, quizás el mayor de todos sea el poco mimo que la propia Federación Española, encargada de organizarlo, dispensa a la competición. Hasta hace poco más de dos años, la competición española carecía de logotipo propio, una carencia de imagen de marca, de símbolo con el cual identificarla, pesaba como un lastre en la competición.

Esta imagen de marca es tan importante para el sistema que constituye
uno de los pilares básicos del producto: ayuda a identificar el producto
entre los aficionados, supone una referencia para los mismos, y sobre
todo, constituye un valor de peso a la hora de negociar los
patrocinadores. El patrocinador de la competición se ve identificado con
el producto al aparecer su nombre en el logo del mismo. Tan cuidado
tienen el sistema inglés que, para preservar la identidad del producto,
el nombre “THE FA CUP” no puede ser alterado y los acuerdos de
patrocinio son por cuatro años.

Pero….¿qué más se puede hacer para mejorar el producto? Pues una vez
con una imagen de marca lo suficientemente definida, fijar un sistema de
sponsorización estable y rentable, semejante al modelo inglés y
renegociar todos los patrocinios. Además, establecer un sistema de
retransmisiones atractivo para el espectador que no puede desplazarse a
los estadios además de rentable para los clubes y para la Federación.

Un sistema como el actual donde las audiencias son cada vez menores
salvo los casos en los que participan Real Madrid o Barcelona no podrá
ser mantenido durante mucho tiempo. Pero no sólo hablamos de TV, si no
que es necesario adaptarse a las nuevas tendencias, a las redes
sociales. Así, Facebook retransmite los partidos de la FA Cup de Inglaterra desde Agosto de 2011.

Y por último, la poca mano de la organización a la hora de implicar a los clubs en el producto. Pero, ¿cómo?
Pues para empezar haciéndolos más partícipes en temas económicos. En el año 2011, mientras la Federación se embolsaba casi 18 millones de euros
por la Copa, los clubes que alcanzaron la final recibieron como premio
un millón. Es decir, es necesario que los verdaderos protagonistas de la
competición, los clubes, sean eso, protagonistas. No estaría mal
incluso potenciar, aparte de económicamente, con un mayor premio al
campeón de la misma, como por ejemplo solicitar a la UEFA que una de las
cuatro plazas que tiene España para la Champions League sea para el
Campeón de Copa.

Estamos ante dos modelos de gestión de un mismo producto: uno, con un éxito enorme, ejemplo en todo el mundo de manera de explotación y gestión y que sirve de referencia a otras competiciones para tratar de implantarlo en su país, y otro, el del fútbol, en clara decadencia, imposible de aguantar durante más tiempo con un sistema de gestión y explotación más preocupado por intereses particulares que por el éxito del propio producto.

Quizás en el fútbol sea el momento de detener la maquinaria y plantearse qué hacer con la Copa tal y como hicieron en el baloncesto allá por el año 1987. Y, por lo visto desde entonces, esa parada para reflexionar no le ha venido mal. Pero que nada, nada mal. ¿Reflexionarán de igual modo en el fútbol?